Skip directly to content

Introducción

La hipertensión, una presión arterial (PA) ≥140/90 mm Hg, es la afección modificable y prevenible más frecuente observada en la atención primaria y que afecta a alrededor del 20 % de la población adulta del mundo y a menudo produce infarto de miocardio, accidente cerebrovascular, insuficiencia renal y muerte si no se detecta a tiempo y no se trata de forma adecuada. Por lo tanto, la detección temprana y el manejo correcto de esta afección disminuirán las complicaciones cardiovasculares posteriores del continuo cardiovascular.

 

La prevalencia de la hipertensión oscila entre el 20 % y el 50 % en todo el mundo. Gran cantidad de evidencia proveniente de ensayos aleatorizados controlados (EAC) ha mostrado el beneficio del tratamiento con fármacos antihipertensivos al reducir los desenlaces de salud importantes en personas con hipertensión. Esta afección está mal controlada en las diferentes partes del mundo. Muchos pacientes requieren 2 o más fármacos para lograr los niveles objetivo de PA. Las pautas actuales recomiendan usar bloqueadores de los canales de calcio (BCC) e inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), bloqueadores del receptor de angiotensina (BRA) y diuréticos como terapia de primera línea, mientras que existen controversias en cuanto a si también se podría considerar a los betabloqueantes como agentes de primera línea en pacientes hipertensos. Las tasas de adherencia a los medicamentos antihipertensivos también son una preocupación.

La enfermedad cardiovascular (ECV) es la causa principal de muerte a nivel mundial y representa aproximadamente el 30 % de todas las muertes.1,2 La hipertensión es probablemente el factor de riesgo modificable de ECV más importante. La hipertensión se define como una presión arterial sistólica (PAS) ≥140 mm Hg y/o una presión arterial diastólica (PAD) ≥90 mm Hg.3 Su prevalencia es muy alta y afecta a aproximadamente el 40 % de la población mundial.1 Sin embargo, más del 40 % de esos sujetos en todo el mundo siguen sin recibir tratamiento, dos tercios reciben tratamiento pero no están controlados y solo alrededor del 34 % están controlados en objetivos de presión arterial (PA) establecidos.4 No obstante, estos porcentajes son significativamente más bajos en los países y las regiones en vías de desarrollo.

Los estudios clínicos mostraron una correlación directa entre el aumento de la PA y el riesgo de ECV. En un metanálisis de 61 ensayos clínicos, en casi 1 millón de personas, cuyas edades oscilaban entre 40 y 89 años, la cardiopatía isquémica mortal y el accidente cerebrovascular tuvieron una correlación directa con el aumento de la PA en un intervalo de 115/75 a 185/115 mm Hg.5 El estudio mostró que cada aumento en la PAS de 20 mm Hg (o 10 mm Hg en la PAD) duplica el riesgo de mortalidad como resultado de un evento coronario mortal o un accidente cerebrovascular.5 Esta relación entre la PA elevada y el riesgo cardiovascular (CV) es continuo, constante e independiente de otros factores de riesgo. La hipertensión aumenta la presión que el ventrículo izquierdo debe superar durante la contracción ventricular para empujar la sangre a través de la circulación sistémica. Con el tiempo, este aumento en el esfuerzo cardíaco puede tener consecuencias adversas y producir un aumento en el riesgo de enfermedad coronaria (EC), hipertrofia ventricular izquierda (HVI), infarto de miocardio (IM), accidente cerebrovascular e insuficiencia cardíaca.6

Por lo tanto, el uso de medicamentos antihipertensivos para reducir la PA demuestra un beneficio significativo al reducir el riesgo de ECV. Los datos de ensayos controlados con placebo y metanálisis muestran de qué forma, con un control adecuado de la PA, la incidencia de EC puede reducirse hasta en un 20 % y la de accidente cerebrovascular, hasta en un 39 %.7